Publicado el nueve de agosto en RT.
El escritor senegalés Boubacar Boris Diop, en una entrevista reciente en el
diario El País para explicar el sentimiento de rechazo hacia Francia en los
países africanos, retomaba las palabras de Aimé Cesaire recordando que
Occidente estaba condenado porque miente y los pueblos que ha sometido lo saben.
No puedes ser parte de la solución cuando eres parte del problema, y es
exactamente esto lo que ocurre con el papel de Francia en la región del Sahel.
Más allá de otras consideraciones, ha quedado manifiesto en las distintas
protestas populares o de levantamientos militares en la región este rechazo
compartido y encarnizado contra la República francesa.
Los Estados africanos,
sobre todo los que se integran en esta región, son habitualmente presentados
como "Estados fallidos". Sin embargo, pareciera que las problemáticas
al interior fuesen fruto de una naturaleza interna hacia el desorden y no de
una conexión directa entre la historia, la geopolítica mundial y el propio
desarrollo de esos países.
Auge del yihadismo
En la actualidad,
entre las múltiples problemáticas compartidas en la región, tiene un papel
destacado para la comprensión de la situación el auge del yihadismo. Sin
embargo, sería un insulto a la inteligencia no abordar la cuestión del
yihadismo como un fenómeno de carácter internacional con implicaciones
igualmente mundiales.
No se puede comprender el aumento de la presencia de grupos yihadistas en
el Sahel sin la intervención de las fuerzas atlantistas en Libia en 2011,
lideradas por Francia, y todo lo que se derivó de ello: la destrucción del
Estado; el tráfico de armas e incluso de seres humanos; o la participación de
grupos integristas procedentes de otros conflictos como el sirio. A su vez, es
imposible comprender el carácter internacional del islamismo radical sin
atender a otras intervenciones occidentales en otras partes del mundo, como las
invasiones de Afganistán o de Irak, que sirvieron de caldo de cultivo
para grupos como Al Qaeda o el Estado Islámico.
Los grupos yihadistas
que actúan en el Sahel se vinculan directamente con estas organizaciones que
todos conocemos y han expandido su acción por el territorio auspiciados por la
desestabilización generada en la zona por las intervenciones occidentales.
No se puede comprender
el aumento de la presencia de grupos yihadistas en el Sahel sin la intervención
de las fuerzas atlantistas en Libia en 2011, lideradas por Francia.
Irónicamente, es el combate contra el yihadismo lo que ha servido de justificación
a Francia para aumentar su presencia militar en la región, y es el fracaso
de estas operaciones lo que ha encendido aún más el rechazo de estos pueblos
hacia su antigua metrópoli.
La intervención francesa en Mali, en 2013, no consiguió debilitar a
estos grupos, y la Operación Serval, nombre oficial de dicha intervención,
finalizó el 13 de julio de 2014, siendo sustituida por la Operación Barkhane,
que implicaba a toda la región del Sahel.
Mali registró 40
ataques en 2014; otros 98 en 2015; y 157 en 2016. A su vez, Al Qaeda en el
Magreb Islámico (AQMI), apoyados por los yihadistas malienses de Ansar Dine,
extendieron sus acciones hacia Burkina Faso y Níger.
El papel de Francia
En enero de 2013, el entonces presidente de la República francesa, Francois
Hollande, se apresuró a aclarar que sus intenciones en Mali se debían a una
cuestión de valores morales y que no tenían ningún interés de carácter
político o económico. Lo cierto es que esta afirmación niega la realidad.
En primer lugar, en el
plano político, la influencia de Francia en África supone un elemento
fundamental para comprender la importancia internacional del país galo.
En segundo lugar, seríamos muy inocentes si creyésemos que Francia no tenía
intereses económicos que "proteger" en su aventura en el Sahel, como
son los yacimientos de uranio, fundamentales para
la industria nuclear francesa y que se encuentran tanto en la región de Kayes,
al sur de Mali, como en la región de Gao, zona fronteriza con Burkina Faso y
Níger.
Este escenario motivó
los golpes militares en Mali, en agosto de 2020 y mayo de 2021; y el golpe de
Estado en Burkina Faso, en enero de 2022. "Muerte a Francia y a los
aliados"; "Francia Estado vampiro, lárgate de nuestra casa", se
podía leer entre los lemas de los manifestantes que apoyaban a su junta militar
en Mali en enero de 2022, tras la imposición de sanciones a su nuevo gobierno
de transición.
La capacidad de
influencia de Francia en el continente africano también sirve a los intereses
del bloque atlantista al que pertenece.
Las tropas francesas,
mermadas tras la Cumbre de Pau de 2020, llevada a cabo entre los países del G5,
Sahel y Francia, se replegaron, tras la expulsión de Mali y Brukina Faso, hacia
la zona de las 'Tres fronteras', en territorio de Níger (región de Liptako,
ubicada en la frontera entre Níger, Mali y Burkina Faso).
Pérdida de influencia
Después del golpe de Estado en Níger, Francia fue expulsada por
completo de este territorio rico en recursos naturales vitales para su seguridad
energética, y a su vez, la imagen del país galo se vio claramente
dañada, ya que denota la creciente pérdida de influencia en la zona.
El escenario geopolítico actúa con la inercia de piezas de dominó chocando
entre sí. La capacidad de influencia de Francia en el continente africano
también sirve a los intereses del bloque atlantista al que pertenece, y como he
mencionado anteriormente, le garantiza al país galo el poder sentarse a
la mesa de los poderosos que dirigen el mundo unipolar.
Por eso no es de extrañar el reciente viaje de Emmanuel
Macron a la isla indo-pacífica de Vanuatu, primera visita del presidente tras
la independencia de este país, en donde manifestó que está decidido, según sus
propias palabras, a "defender la independencia y la soberanía de todos los
Estados de esta región que estén dispuestos a trabajar con nosotros". En
este viaje desesperado, el mandatario francés parecía estar buscando en el
indo-pacífico una justificación para seguir siendo "necesario" dentro
de un mundo unipolar cada vez más en ruinas.
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